Hace entre 8.000 y 10.000 años, en una grieta de roca del actual Bicorp, en Valencia, alguien trepó por unas cuerdas para robarle la miel a un enjambre de abejas. Y alguien más lo dibujó.
Es la Cueva de la Araña, en el barranco de la Rebolla. La descubrió en 1920 el profesor de geografía Jaime Poch, y ese mismo año la estudió el geólogo y paleontólogo Eduardo Hernández-Pacheco, al frente de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. Un dibujante, Francisco Benítez Mellado, calcó la escena a mano sobre papel vegetal, tal y como se conserva todavía hoy en el archivo del museo.
La composición, pintada en rojo ladrillo sobre la roca amarillenta, muestra a dos figuras humanas subiendo por unas cuerdas o escalas de esparto. La de arriba mete el brazo en un pequeño hueco natural de la piedra, sujetándose con las piernas mientras con la mano libre sostiene un recipiente, probablemente una vasija de cuero o un capacho tejido, donde iría guardando los panales. La otra figura sube detrás, con un recipiente similar colgado a la espalda. Si se mira con atención, las cuerdas aparecen ligeramente curvadas por el peso de quien trepa, un detalle de observación asombroso para su época. Alrededor, decenas de abejas revolotean junto al nido, dibujadas a propósito más grandes de lo real para que no hubiera duda de qué estaba pasando en la escena.
Lo que pocos saben es que ese hueco donde el recolector mete el brazo no es pintura: es un agujero natural que ya existía en la piedra, y el artista prehistórico lo aprovechó a propósito para representar la entrada de la colmena. Convirtió un defecto de la roca en el centro exacto de su composición.
Esta escena está considerada la representación más antigua conocida en el mundo de la recolección de miel, muchos siglos antes de que Egipto dejara sus primeros jeroglíficos sobre apicultura, hacia el año 2450 antes de Cristo. Forma parte del Arte Rupestre del Arco Mediterráneo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998.