Cielo Rusinque se declara “mariposa multicolor”.
A las de 25 les ponía el sello amarillo, el contrato y la palmadita. A la de 48 le tocó el discurso de emancipación y el “yo lo conozco de verdad” para no quedarse sin puesto.
Cuando no entras al menú, te toca defender el restaurante.
Veo aquí otro comentario que viene a engrosar la antología de bajezas, infamias y falsedades con las que se pretende seguir contaminando, de manera deliberada y coordinada, el espacio de deliberación pública.
He frecuentado al presidente Petro durante años, he tenido el privilegio de trabajar a su lado y reconozco en él a un hombre genuinamente progresista, que entiende la libertad propia y ajena como núcleo de la dignidad humana. Reconozco también su esfuerzo por desprenderse de los atavismos machistas propios de una socialización que reproduce una visión heteropatriarcal del mundo. Como mujer, veo en él a un aliado de la lucha por la emancipación femenina. Sus gobiernos han tenido siempre como eje de sus políticas públicas la creación de las condiciones necesarias para que la igualdad de género sea una realidad y no una simple y oportunista muletilla discursiva.
Sepa usted que no soy una mariposa amarilla. Soy una mariposa multicolor: una mujer que reivindica sin miedo sus derechos y su libre desarrollo de la personalidad.
Lo que estamos presenciando, cada vez con mayor claridad, es una nauseabunda campaña de desprestigio, coordinada, malintencionada y premeditada, que busca destruir personalmente al líder más importante del progresismo colombiano de las últimas décadas para diezmar a la izquierda y a la democracia.
En ella confluyen algunos de los peores males de nuestra sociedad: magnates que manipulan la opinión pública a través de medios de comunicación en manos de periodistas mercenarios; redes sociales convertidas en cajas de resonancia de la mentira; personas vulnerables instrumentalizadas; la intimidad invadida sin escrúpulos; una moral sexual irracional, cimentada en supersticiones, y la persecución por razones políticas.
La desmesura de los ataques y la intensidad de la calumnia han terminado por desnudar el odio que los anima. A estas alturas, solo los fanáticos más irreductibles parecen dispuestos a dar crédito a versiones cada vez más delirantes e inverosímiles. No nos equivoquemos: esto hace parte de la amenaza de destripamiento de quienes han llegado al poder con sed de venganza y de destrucción.
La razón de fondo es sencilla: por primera vez en la historia de nuestra República, un gobierno se atrevió a tomarse en serio los derechos de la gente, en particular los de los más humildes. La oligarquía colombiana, con su larga historia de desplazamientos, motosierras, genocidios, desapariciones, despojos, desfalcos y toda suerte de crímenes, no perdona que un gobierno haya contribuido a sacar a millones de personas de la miseria y haya demostrado, con hechos, que otro país es posible: uno más justo, más incluyente y más libre, un país en el que quienes han sido condenados a la pobreza puedan tener, por fin, otra oportunidad sobre la tierra.