El Rojo no tiene alma.
Y no es una metáfora: perdió el ánima, el espíritu, la esencia, la sensibilidad, el sentimiento, la voluntad, la inteligencia, la imaginación, la memoria, la conciencia, el entendimiento, el corazón y las entrañas.
Le queda la camiseta. Le queda el escudo. Le queda una hinchada inmensa que, partido tras partido, demuestra que el DIM es más hinchada que institución.
Y eso debería avergonzar a cualquiera que tenga que ver con su conducción.