“Puro fracasado, papi. Puro que quiso luchar con este sueño y se rindió. Les tocó dedicarse a estudiar a más de uno”, dijo el futbolista. Se equivocó, sí. Pero ¿qué hacemos los adultos, los profesionales y los medios cuando un muchacho de 23 años se equivoca?
¿Lo trituramos públicamente o usamos nuestra experiencia para enseñarle a recomponer el camino? Estudiar no hace fracasado a nadie, como jugar al fútbol tampoco hace superior a nadie.
El muchacho debe aprender humildad, entender que los goles pesan más que los accesorios y que las palabras también juegan. Pero ¿quién lo acompaña en ese aprendizaje? No cometió un crimen, erró un gol y después se equivocó al hablar. La crítica puede educar; la humillación, en cambio, puede destruir.
¿𝘿𝙚 𝙦𝙪𝙚́ 𝙨𝙞𝙧𝙫𝙚 𝙨𝙚𝙧 𝙥𝙧𝙤𝙛𝙚𝙨𝙞𝙤𝙣𝙖𝙡𝙚𝙨 𝙨𝙞 𝙤𝙡𝙫𝙞𝙙𝙖𝙢𝙤𝙨 𝙘𝙤́𝙢𝙤 𝙛𝙤𝙧𝙢𝙖𝙧 𝙨𝙚𝙧𝙚𝙨 𝙝𝙪𝙢𝙖𝙣𝙤𝙨?.