LA APOROFOBIA DE RAMÍREZ
Guillermo Ramírez nunca ha podido ocultar su clasismo, pero ahora suma su fobia al pobre.
El presidente de la UDI no cometió sólo una torpeza verbal. Hizo algo más revelador: dejó escapar, sin maquillaje, su forma de entender la sociedad. Cuando afirma que la gratuidad universitaria ha contribuido a reducir las postulaciones al Servicio Militar, insinúa que cuando los jóvenes de menos recursos acceden a mejores oportunidades educativas, el país pierde potenciales conscriptos. La frase desnuda una jerarquía de clase que muchos prefieren disimular.
Partamos por lo básico.
El Servicio Militar no es la Escuela Militar. El primero es un sistema de conscripción; la segunda forma oficiales profesionales. Confundir ambas cosas ya sería impropio en cualquier parlamentario. Pero esa confusión palidece frente a la lógica social que subyace en las palabras de Ramírez, quien parece no entender.
El problema no es que Ramírez diga que la gratuidad amplía las opciones de los jóvenes. Eso sería cierto y debería celebrarse. El problema es que lo presenta como parte de una dificultad. Allí donde una familia ve una oportunidad, él parece ver una fuga del contingente disponible.
La pregunta es inevitable: ¿qué clase de sociedad imagina quien considera problemático que un joven pobre pueda preferir la universidad al cuartel? ¿Una en que las trayectorias vitales se distribuyen según el ingreso familiar? ¿Una en que algunos nacen con derecho a elegir y otros con el deber de ocupar los espacios que quedan?
Ese es el clasismo obsceno: no el del insulto directo, sino el que asigna destinos. El que supone que determinados jóvenes, por venir de hogares modestos, constituyen una reserva natural para las tareas más duras, mientras otros pueden elegir su destino. No hace falta decir “los pobres al Ejército” para transmitir esa idea. Basta con lamentar que tengan demasiadas alternativas.
Y eso no sólo denigra a esos jóvenes y a sus familias. También rebaja a las propias Fuerzas Armadas. Porque si la carrera militar o el Servicio Militar necesitan de la falta de oportunidades civiles para resultar atractivos, entonces se los presenta como opciones de descarte. Eso es ofensivo para las FF.AA, instituciones que deberían convocar por vocación y mérito, no por estrechez económica.
Una institución militar respetada no necesita ciudadanos sin opciones. Necesita ciudadanos que, teniendo opciones, la elijan. Ahí está la diferencia entre vocación y resignación.
Además, atribuir la baja en el interés por el Servicio Militar a la gratuidad universitaria permite eludir debates más incómodos: condiciones de servicio, perspectivas de desarrollo, confianza pública y episodios de abusos y muertes de conscriptos que han golpeado a las familias. Culpar a la gratuidad es más sencillo.
La gratuidad no le quitó jóvenes a las Fuerzas Armadas. Les dio opciones a jóvenes que antes tenían menos. Y si al ampliar la libertad de elección cambia el patrón de reclutamiento, el desafío está en hacer atractiva y digna la opción militar, no en cerrar puertas educativas.
Lo preocupante de la frase de Ramírez es que convierte la desigualdad en una herramienta funcional. Pareciera que, mientras algunos pueden estudiar, viajar, especializarse y elegir, otros deben seguir siendo la cantera desde la cual se abastecen ciertas funciones del Estado.
Eso no es preocupación por la defensa nacional. Es nostalgia por una estructura social donde el origen condicionaba el destino.
Y esa mirada insulta en dos direcciones: desprecia a los jóvenes pobres al reducirlos a mano de obra disponible, y desprecia a las Fuerzas Armadas al insinuar que necesitan pobreza para llenar sus filas.
Señor Ramírez: el problema no es que la gratuidad haya abierto demasiadas puertas. El problema es que su comentario deja la incómoda impresión de que a usted le molesta que otros entren por la misma puerta que usted y los suyos han cruzado.
@MisColumnas