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#MananasBLU Columna de Opinion "EL DERECHO A LA RECTIFICACIÒN"
arkkangabriel1.medium.com/el… 👈🇨🇴La libertad de prensa es indispensable en una democracia. Pero precisamente porque es indispensable, no puede confundirse con una licencia para equivocarse y después negarse a corregir.
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El derecho a la rectificación no es censura. Tampoco puede convertirse la libertad de prensa en una patente de corso para quien afirme creerse dueño de la verdad, se considere con el derecho a lapidar y perfilar públicamente a los demás o crea que aquello que publica está por encima de la libertad de expresión, opinión y pensamiento de todos los demás.
Pedir una rectificación no significa pedir que se calle al medio, ni más faltaba. Significa pedir que se corrija una inexactitud, un error o incluso un ataque que dejó de ser periodístico para convertirse en emocional y que puede causar mucho más daño al afectado que al público en general.
Porque cuando se dice algo sin pruebas, sin verificación suficiente y sin acudir a las autoridades competentes cuando corresponde, se le impone al afectado una carga de la cual puede ser muy difícil levantarse. Más aún: se puede poner en peligro su integridad moral y física, incluso su vida, yendo mucho más allá de la afectación de su honra. Es màs se desacredita su experiencia, sus estudios, su carrera, sus principiso, sus valores por un simple titular. Ustedes lanzan una noticia de ese calibre y destruyen vidas y tal como lo dice el proberbio chino “Hay tres cosas que nunca vuelven atrás: la palabra pronunciada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida” Una palabra mal utilizada, una etiqueta injustamente colocada, un supuesto presentado como certeza o un señalamiento sin verificación ni pruebas pueden destruir una vida. La libertad de prensa no puede ser utilizada después como escudo para evitar las consecuencias de aquello que se publicó.
La libertad de expresión funciona en doble vía.
Si un medio puede publicar, el afectado puede responder. Si un periodista puede cuestionar, el ciudadano puede controvertir.
Si un medio puede investigar, quien resulta involucrado puede exigir que se contraste correctamente la información.
Y si alguien considera que la información publicada es incorrecta, tiene derecho a solicitar que sea revisada y, cuando corresponda, rectificada.
Porque existe una diferencia fundamental entre opinión e información. Algo que algunos medios parecen olvidar con demasiada frecuencia, quizá por vender un show, generar impacto o conseguir mayor exposición, sin medir las consecuencias a corto, mediano y largo plazo. Ustedes, periodistas y medios, pueden irse a dormir tranquilos después de publicar una historia. Pero una palabra mal dicha, una etiqueta puesta, un supuesto convertido en certeza o un señalamiento sin verificación puede destruir la vida de alguien. Y después no se quejen ni se escuden únicamente en la libertad de prensa cuando las consecuencias llegan. Una opinión puede ser discutible, incómoda, dura o incluso profundamente equivocada. No por ello deja de ser una opinión.
Pero cuando se presentan como hechos afirmaciones que pueden ser verificadas, existe una responsabilidad adicional: la información debe corresponder con los hechos y debe ser presentada de manera que no distorsione aquello que pretende comunicar.
Y cuando se demuestra que hubo un error, la respuesta democrática no debería ser atacar a quien reclama.
Debería ser sencilla:
Se verifica.
Se reconoce.
Se corrige.
El derecho a la rectificación existe precisamente porque una publicación puede producir efectos antes de que llegue la verdad.
Un titular puede circular miles de veces.
La honra y la dignidad pueden ser afectadas una sola vez.
Una acusación puede replicarse en redes sociales.
Difama y difama y algo queda.
Una etiqueta puede quedarse durante años.
Y puede ser prácticamente imposible retirarla por completo.
Una insinuación puede convertirse en una percepción colectiva: que una persona pertenece a una red, que es criminal, que es corrupta o incluso que merece morir.
Y entonces una afirmación sin pruebas puede terminar convertida, por repetición, en una supuesta verdad.
Esa es precisamente la dimensión del poder de la palabra pública.
Y después, cuando se demuestra que algo era incorrecto, no basta con decir:
«No fue como lo dije, en la forma en que lo dije; fue como ustedes lo entendieron mal».
La responsabilidad por lo publicado no puede desaparecer trasladando la culpa al lector.
El ciudadano no tiene necesariamente toda la información. No existe un careo. Muchas veces no tiene la posibilidad de ser escuchado antes de que la publicación circule masivamente. Y una vez instalada una acusación, la carga de desmontarla puede recaer casi completamente sobre quien fue señalado.
Por eso tampoco puede convertirse toda solicitud de rectificación en un supuesto intento de censura.
Censurar es impedir que alguien se exprese.
Rectificar es corregir una información cuando corresponde.
Son conceptos completamente diferentes.
La rectificación tampoco significa que un medio tenga que renunciar a su línea editorial, a sus opiniones o a sus investigaciones. Significa algo mucho más elemental:
si un hecho fue publicado incorrectamente, debe corregirse en condiciones de equidad.
Y esto también debe aplicarse a las redes sociales, a los opinadores, a los influencers y a cualquier persona que, desde una plataforma con capacidad de alcanzar a miles o millones de personas, difunda información sobre terceros.
Porque el alcance cambia la responsabilidad.
Una democracia madura no necesita medios infalibles.
Necesita medios responsables.
Y un medio responsable no pierde autoridad cuando rectifica. Al contrario: demuestra que entiende que su credibilidad no depende de tener siempre la razón, sino de tener la honestidad de corregir cuando se equivoca.
El problema comienza cuando se pretende que la libertad de prensa solamente proteja al que publica, pero no al que responde.
Cuando preguntar es libertad, pero contestar es agresión.
Cuando investigar es periodismo, pero controvertir es censura.
Cuando publicar es un derecho, pero exigir corrección se convierte en una ofensa.
No.
La libertad de expresión no pertenece exclusivamente a periodistas, columnistas, medios o comunicadores.
También pertenece al ciudadano.
También pertenece a quien es señalado.
También pertenece a quien considera que una publicación es injusta.
También pertenece a quien exige que se escuche su versión.
Y el derecho a la rectificación existe para recordar algo fundamental:
quien tiene el poder de publicar también tiene la responsabilidad de corregir.
Pero hay algo más: rectificar no significa darle la razón automáticamente al reclamante. Significa revisar lo publicado, contrastarlo con los hechos y, si existe una inexactitud que deba corregirse, hacerlo de manera clara, suficiente y en condiciones de equidad.
Eso es precisamente lo contrario de la censura.
Es responsabilidad.
Porque una democracia no se construye con medios que nunca se equivocan.
Se construye con instituciones, periodistas y ciudadanos capaces de reconocer cuándo se equivocaron.
La libertad de prensa merece protección. Y la defiendo ante quien sea: político, religioso, poderoso, contradictor o adversario.
Pero renglón seguido:
la verdad merece respeto.
La libertad de expresión, opinión y pensamiento pertenece a todos.
Y quien ha sido afectado por una información incorrecta merece rectificación.
Porque la libertad de prensa no puede significar libertad para señalar sin responsabilidad.
Y el derecho a rectificar no puede ser presentado como censura simplemente porque incomoda.
Publicar es un derecho.
Responder también.
Investigar es un derecho.
Rectificar cuando corresponde es una responsabilidad.
Y al final, una democracia sana debería entender algo elemental:
el que tiene el poder de hablar públicamente sobre los demás también debe tener la grandeza de reconocer públicamente cuando se equivoca.
La coherencia también debería ser pública.