De la Espriella: El Estado soy yo
Existe una frase famosa que se le atribuye al rey Luis XIV de Francia, conocido como el Rey Sol: «El Estado soy yo».
Cierta o no, la autoría de esta frase representa a la perfección lo que sucedió en Sincelejo (Sucre) este fin de semana, cuando el presidente De la Espriella montó un show para acusar al alcalde de la localidad, Yahir Acuña, como si el mandatario fuese fiscal o juez de la República.
Es lo que viene sucediendo en sus dos meses de gobierno: amenaza a mandatarios regionales o locales, los intimida, hace botar a periodistas, estigmatiza, juzga. Es el Rey Sol colombiano: pretende la concentración absoluta del poder en su figura.
En dos meses ha ratificado lo que se advirtió reiteradamente antes y durante la campaña presidencial: venía con sed de venganza y sed de control, lo que representa un peligro para la sociedad, para los derechos humanos, para el ejercicio de la prensa, la Contraloría. Está demostrando que la doctrina del enemigo interno sigue vigente porque condena a todo aquel que no entre en sus lógicas de poder.
Presenciamos el comportamiento de un presidente que se inclina por el show violento y agresivo propio de políticos y figuras públicas neofascistas y autocráticos, como sucede en el resto del continente, empezando por Trump.
Esto es un grave antecedente para un país como Colombia, golpeado por la violencia de Estado durante décadas.
Nadie defendería a un personaje tan pillo como Yahir Acuña, acusado de haber tenido nexos con la mafia y el paramilitarismo, con investigaciones en curso por delitos de corrupción. Igualmente, todos debemos estar de acuerdo en que el mandatario nacional debe dedicarse a lo que le corresponde: resolver los problemas del país. Un presidente no es juez ni policía. No fue electo para eso ni la Constitución establece algo parecido.
Si De la Espriella fuese honesto, ya habría puesto patitas en la calle a varios de sus funcionarios recién designados, tan cuestionados como Acuña, o no se juntaría con gente tan o más corrupta que el alcalde de Sincelejo (como los Char o los Gnecco).
La patética escena del fin de semana se ejecutó con premeditada alevosía, lo que nos lleva a concluir también que entiende muy bien el ejercicio de la política como show y como distracción.
La política de la distracción es una estrategia que consiste en desviar la atención de los asuntos más importantes del país y el Gobierno la implementa a la perfección con hechos varios y continuos (los paseos de la primera dama por Europa, el pavoneo del presidente entre cadáveres o el patrullaje con pistola al cinto, la gritonería y la fanfarria con la que se expresa).
Mientras entretiene con pan y circo, intenta acabar con el derecho a la protesta, reformar el derecho a la consulta previa y modificar el uso de las licencias ambientales, ataca y estigmatiza a las minorías, amenaza la autonomía de las universidades y a todo aquel que amenaza su ego napoleónico los compara con terroristas y bandidos.
A la par, avanza con su agenda principal, la que se pierde de vista por tantas marionetas públicas y mediáticas: poner a disposición del capital internacional territorios ricos en biodiversidad para el desarrollo de la economía minero-extractiva y el fracking.