Sergio me recuerda en cada tuit lo mucho que queda por aprender. Escuece, pero cura. Gracias.
La coherencia está muy bien. Como dormir ocho horas, hacer ejercicio y recordar dónde hemos dejado las llaves. Es preferible tenerla, pero quizá hemos cometido el error de convertirla en una virtud intelectual mucho mayor de lo que merece.
El problema es que una persona perfectamente coherente tendría que poseer algo bastante parecido a un conocimiento perfecto. Los demás vamos averiguando cómo funciona el mundo sobre la marcha, y además lo hacemos de manera escandalosamente desigual. Podemos saber muchísimo de una cosa, bastante de otra y prácticamente nada de una tercera. Es inevitable que algunas de nuestras ideas no encajen entre sí. A veces eso significa que estamos equivocados. Pero otras significa simplemente que la realidad contiene más piezas de las que todavía somos capaces de montar.
La obsesión por la coherencia introduce entonces una tentación peligrosa. Si dos ideas razonables no encajan, podemos limar un poco una, redondear la otra, ignorar aquel dato molesto de la esquina y, después de unas cuantas operaciones de bricolaje intelectual, contemplar satisfechos un pensamiento perfectamente compacto. El inconveniente es que quizá ahora sea más coherente y menos verdadero.
De hecho, muchas ideologías funcionan precisamente así. Empiezan como mapas incompletos del mundo y terminan comportándose como aduanas particularmente restrictivas. Cada nueva evidencia tiene que enseñar el pasaporte y demostrar que encaja con lo que ya creemos. Si no lo hace, sospechamos antes de la evidencia que de la coherencia.
Por eso quizá deberíamos desconfiar un poco de las personas excesivamente coherentes. No porque la contradicción sea una virtud, sino porque un cerebro que está aprendiendo debería producir ocasionalmente ideas que se estorban unas a otras. Es el ruido natural de estar actualizando el modelo. Un subproducto de la curiosidad y el anhelo por aprender de todo.
Tal vez, entonces, no deberíamos juzgar tanto un pensamiento por la elegancia con que todas sus piezas encajan, sino por la potencia explicativa de cada una de ellas. Prefiero una colección de buenas ideas que todavía discuten entre sí a un magnífico monolito intelectual construido después de haber triturado todo aquello que sobresalía.