Así mueren las democracias. No hace falta un golpe ni cerrar un Parlamento. Basta con ir vaciando poco a poco de legitimidad a las instituciones cuando no hacen lo que uno quiere.
En apenas unas horas hemos visto al presidente contraponer el Congreso a “la calle” y presentarse como intérprete de una supuesta mayoría social. Y a la coordinadora de campaña del principal partido del Gobierno explicar, con absoluta naturalidad, que una huelga general se convoca “contra la oposición”.
El Parlamento representa a los ciudadanos también cuando vota en contra del Gobierno. Y la oposición no es un obstáculo ilegítimo que haya que combatir desde el poder: es una parte esencial de cualquier democracia.
Normalizar lo contrario es bastante más peligroso que perder una votación.