Votar sin absolver
por Iñaki Errazkin
Entre 1975 y 1988 sufrí ocho detenciones: seis a manos de la Policía y dos de la Guardia Civil. Una en dictadura, cuatro en la Transición y tres con Felipe González presidiendo el Gobierno. Todas con malos tratos y la última con torturas de intensidad moderada, si es que puede aceptarse esa gradualidad delictiva. No crean, pues, que me apasiona el PSOE.
No he olvidado aquellos años ni las responsabilidades de los Gobiernos socialistas. Tampoco sus incumplimientos ni las muchas ocasiones en que sus políticas se alejaron de lo que considero necesario para crear una sociedad más justa. Y mucho menos he olvidado a los GAL. No necesito idealizar el pasado para saber de dónde vengo.
Pese a todo lo expuesto, después de mucho reflexionar, el 29 de noviembre votaré al PSOE. No será un voto de adhesión ni una absolución retrospectiva. No he descubierto de repente sus virtudes ni he dejado de discrepar de sus políticas. Y, desde luego, no pienso poner mi memoria en almoneda.
Votaré al partido que lidera Pedro Sánchez porque estoy censado en Castilla y, en las circunstancias electorales actuales, considero que es la opción más eficaz para evitar que mi voto antifascista se pierda en la fragmentación que impera a su izquierda.
Voy a explicarlo con claridad meridiana. No votaría al PSOE en cualquier circunstancia ni creo que sea la mejor opción en todas las circunscripciones. Si estuviera censado en Madrid, votaría al Frente Amplio; en Hego Euskal Herria, a EH Bildu; en Cataluña, a ERC; en Galicia, al BNG. Y así sucesivamente, de acuerdo con las opciones políticas y electorales de cada territorio.
No hay contradicción en ello. Hay una convicción de fondo y una pragmática adaptación a las circunstancias. Mi posición política es antifascista y de izquierdas. Y mi decisión electoral depende también de la circunscripción, de las candidaturas que concurren y de las posibilidades reales de que los votos se traduzcan en representación parlamentaria.
Las elecciones no se celebran en un mundo ideal. El Estado español no es precisamente Shangri-La. Se celebran en territorios concretos, con reglas concretas y consecuencias que no siempre coinciden con nuestras preferencias.
En las provincias castellanas hay pocos escaños en juego y la fragmentación de la izquierda alternativa puede tener consecuencias importantes.
No basta con que varias organizaciones compartan una parte considerable de su electorado potencial. Hace falta que esa coincidencia se traduzca en capacidad efectiva de representación.
La izquierda alternativa lleva demasiadas citas electorales sin encontrar una fórmula de cooperación capaz de convertir su potencial social en fuerza política.
No todas las organizaciones tienen la misma responsabilidad ni todas las discrepancias son artificiales. La unidad, por sí sola, tampoco garantiza el éxito. Pero la división tiene costes que no desaparecen porque cada cual tenga sus razones.
A los conflictos internos se suman otros problemas: la pérdida de apoyo social, los errores de dirección, la falta de propuestas convincentes y las dificultades para construir una alternativa reconocible.
No todo se explica por la fragmentación, pero sería un grave desacierto ignorar sus consecuencias electorales.
La aritmética de las urnas no entiende de agravios ni de declaraciones buenistas. Los votos que no se traducen en actas siguen expresando ideales, pero no proporcionan representación parlamentaria.
Cuando se disputan pocos escaños, una pequeña diferencia de votos puede resultar decisiva. La magnitud de ese efecto depende de cada circunscripción y de la distribución específica de los apoyos.
Por eso, en Castilla, no puedo preguntarme solamente qué candidatura representa mejor mis ideas. También debo preguntarme qué voto puede ayudar más eficazmente a impedir que la derecha y la extrema derecha amplíen su poder.
Yo sí conocí una dictadura, a la que combatí, y no pienso contribuir a que quienes amenazan derechos y libertades encuentren el camino despejado para instalar otra.
No me gusta el PSOE, pero aún me gusta menos la posibilidad de que mi rechazo a esas siglas termine facilitando un resultado que considero mucho peor.
Votar a un partido no equivale a respaldar todo lo que ha hecho. Tampoco obliga a justificar su historia, silenciar sus errores o renunciar a la crítica. Y elegir la opción que consideramos menos perjudicial no significa necesariamente abandonar nuestros principios.
Porque los principios no se ponen a prueba únicamente cuando podemos elegir aquello que más nos gusta. También se ponen a prueba cuando tenemos que decidir en condiciones desfavorables, entre alternativas imperfectas y con consecuencias que afectan a terceros.
Mi voto al PSOE pertenece a esa categoría. No votaré para premiar sus incumplimientos ni para justificar su trayectoria.
Tampoco renunciaré a reclamar una izquierda alternativa capaz de organizarse, cooperar y ofrecer respuestas a las necesidades de la mayoría social.
Si esa izquierda quiere ser algo más que una suma de siglas, tendrá que demostrar que sabe anteponer los objetivos colectivos a las conveniencias particulares.
No es suficiente compartir diagnósticos ni proclamar la necesidad de la unidad. Hay que construir acuerdos, resolver discrepancias y presentar una alternativa que merezca la confianza de la gente.
El antifascismo no puede limitarse a proclamar principios. También exige inteligencia estratégica, capacidad de organización y disposición para actuar en función de las circunstancias.
No basta con tener razón en las discusiones internas si las consecuencias de nuestras decisiones terminan favoreciendo a quienes queremos combatir.
Después de tantos años, sigo creyendo que la política debe servir para ampliar derechos, acabar con las desigualdades evitables y mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía.
Sigo creyendo que la crítica a quienes dicen representarnos es imprescindible y que ninguna organización política tiene derecho a exigir fidelidad incondicional a quienes la votan.
Por eso votaré al PSOE sin dejar de criticar al PSOE. Mi papeleta no será un olvido del pasado. La memoria histórica es innegociable. Tampoco será una justificación del presente ni un cheque en blanco para el futuro.
Mis convicciones no cambian al cruzar una frontera provincial o autonómica. Lo que cambia es el contexto en el que debo decidir cómo expresarlas electoralmente.
No es una declaración de amor. Es una decisión táctica al servicio de una estrategia política, condicionada por las circunstancias y por mi voluntad de contribuir a evitar un resultado que considero bastante peor. Y, sobre todo, es responsabilidad electoral.
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