Llamar "hijo de puta" a Pedro Sánchez es, indudablemente, producto de una degradación personal, un desahogo impropio de cualquier persona que se tenga por educada. Y no porque sea el presidente (que él más que nadie debería sentir que el insulto le viene, también, conceptuado en el sueldo), sino porque tal expresión solo demuestra que uno ha rendido definitivamente sus argumentos, que ha entregado sus armas racionales y ha sucumbido a la vulgaridad pasional.
Esto es así. Pero llamar "hijo de puta" a Pedro Sánchez se ha vuelto inevitable. El "hijo de puta" es el peaje que se nos ha hecho obligatorio a muchos españoles para poder transitar por los caminos oscuros y retorcidos a los que nos ha llevado la política del líder socialista. Cuando Sánchez promete acabar con la politización de la justicia y convierte al Tribunal Constitucional o a la Fiscalía General en un órgano más de su gobierno; cuando dice que no pactará con Bildu y hace del pacto con Bildu su nexo más sólido con el Parlamento; cuando declara que no habrá amnistía a los golpistas catalanes y al rato hace de la ley de amnistía su bandera política; cuando en su discurso de investidura amenaza con levantar un muro entre españoles; cuando se desinhibe de apagones, descarrilamientos, riadas o invasiones; cuando ha hecho de la resistencia en el cargo su única brújula moral... Poco más hay que decir de Pedro Sánchez salvo que es un hijo de puta.
No querríamos decirlo. En absoluto. Esas palabras, repito, nos degradan como personas y nos empeoran como sociedad. Pero llamar "hijo de puta" a Pedro Sánchez es lo único que nos queda cuando un presidente del gobierno ya no atiende a razones, cuando la realidad ya no le toca ni le alude, venga de un juez, de la Policía, de la Guardia Civil o de simples ciudadanos que ven su país como un edificio desmoronándose al que han cerrado todas las puertas, al que se ha negado toda posible solución. Lo que nos faltaba era esa "Ley de Nietos" que Sánchez quería imponer para que ni el voto nos sirviera para quejarnos, para poder perpetuarse definitivamente en La Moncloa como el emperador que siempre ha querido ser. El muy hijo de puta.