Es curioso: cuando uno analiza la historia sin pasiones enfermizas ni nacionalismos estúpidos, resulta que Benito Juárez fue, tal vez, una de las peores cosas que le pudieron suceder a México. Fue precisamente durante esos años cuando se estaba definiendo el futuro de muchas de las naciones que hoy son potencias mundiales y cuyos ciudadanos disfrutan de algunos de los niveles de vida más altos del planeta.
México podría haber estado entre esas naciones. Es un país con recursos de sobra para haberlo logrado. Sin embargo, fue Juárez quien, en buena medida, hipotecó el futuro del país y comenzó a desmantelar las bases de una posible prosperidad. Después, la narrativa nacionalista construyó alrededor de su figura una verdadera mitología y lo convirtió en héroe nacional.
Por otro lado, Porfirio Díaz, quien hoy es presentado como el gran villano de nuestra historia y que, desde luego, tampoco fue ningún santo, fue quien al menos durante algunos años consiguió poner a México a la vanguardia y devolverlo a una senda de modernización y prosperidad.
Sin embargo, algo parece existir en México, una especie de maldición: cada vez que las cosas parecen finalmente tomar un buen rumbo, una parte de la sociedad termina exigiendo regresar a la decadencia, a la destrucción y al fracaso.
Tal vez el problema no sea la falta de recursos, de talento o de posibilidades. Tal vez sea nuestra incapacidad para aprender de la historia.