Vincent Lapierre fue a entrevistar jóvenes de bachillerato (liceo) del IX distrito de París, un barrio privilegiado. Esperaba burgueses. Se encontró con un joven de keffiyeh que lo rebasó por la izquierda con materialismo dialéctico.
El chavo no se quedó en el símbolo. Nombró la base: los liceos de la periferia no tienen con qué calentarse en invierno, ni pizarrón, ni proyector, y aun así se les exige la misma clase. Eso es materialismo histórico en la calle. La escuela no aparece como mérito individual, sino como relación desigual de recursos. Lapierre llegó con el guion de la guerra cultural y el alumno le cambió el terreno: la pregunta no es el pañuelo, es quién estudia con frío y quién no.
Cuando se nombra la base, el micrófono se queda sin réplica. He dicho.