Llevo unos días con fiebre, que los primeros virus del otoño los pillo con la puntualidad de un reloj suizo.
He ido siguiendo la actualidad a duras penas, sin saber muy bien si lo que veía era real o un delirio febril.
Pues era real. Hoy se votan en el Congreso los decretos Maricarmen. Esos decretos son una chapuza que ya ha pasado a la historia legislativa de España. Junts anunció anoche que piensa exactamente eso y que votará que no. Y con el no de PP y Vox ya no salen las cuentas, así que lo normal es que caigan los dos.
Y menos mal, porque aprobarlos al dictado de una acampada de radicales que avisa de que no se levanta hasta que salgan enteros y más allá es lo menos democrático que se me ocurre. Y hoy, por si quedaba alguna duda, los acampados han decidido plantarse delante del Congreso mientras se vota.
Ojo, no hay democracia sin derecho de manifestación, y muchos derechos se han ganado en la calle frente a injusticias flagrantes: el voto femenino, el fin de la segregación racial, Stonewall o los derechos laborales que salieron de tantas huelgas. Pero la democracia tiene sus cauces y sus tiempos, y aquí el Congreso ya dijo que no en abril, cuando tumbó la prórroga de los alquileres. Cinco meses después la vuelven a traer por decreto y se vota tres días después de aprobarse.
Lo que está pasando no se parece ni remotamente a aquellas luchas. Principalmente porque no hay ningún derecho fundamental pisoteado: el derecho a la vivienda del artículo 47 ni siquiera es un derecho fundamental en nuestra Constitución, y en ningún país que no sea comunista existe un derecho absoluto a la vivienda. Y en esos países… imaginad lo que sucede en la realidad.
Que el acceso está fatal lo piensa casi todo el mundo, pero eso no convierte en mayoría a las mil y pico personas que acampan en Sol como para otorgarles el poder ejecutivo de redactar decretos.
Y es que esto no va solo de vivienda. En la agenda de Sol caben Palestina o el aborto libre e incluso hay una carpa que defiende la okupación.
Es un movimiento que quiere imponer su neocomunismo en España. No quieren acabar con la "especulación" de la vivienda, quieren acabar con la propiedad privada.
Los fondos buitre son el caballo de Troya del asunto. Como ya se ha repetido hasta la saciedad, el 92% de los pisos de alquiler son de particulares y solo el 8% de empresas, fondos incluidos, así que haz la cuenta de a quién le toca pagar la fiesta: a la clase media, gente con uno o dos pisos que se ha ganado trabajando.
Y el comunismo a quien más teme es a la clase media, más que al fascismo o a las grandes empresas, porque es la prueba de que el capitalismo funciona allí donde se deja prosperar a la gente. Por eso llevan años destrozándola a conciencia, y esto ya sería la puntilla.
Lo lógico, por supuesto, sería pedirle cuentas a un Gobierno que lleva ocho años en la Moncloa sin arreglar la vivienda, es decir, sin aumentar masivamente la construcción allá donde se necesitan casas. Y así parece que lo hacen, pero no.
Lo que piden es llevar al extremo las mismas medidas regulatorias que no han funcionado en estas dos legislaturas. Siempre argumentan que construir más nos llevaría a otra burbuja como la de 2008, pero te engañan: aquella burbuja fue de crédito, y ese escenario no se da ahora mismo.
Hay quien dice que todo esto le viene mal a Sánchez, y yo creo que le viene de maravilla: ya no hablamos de la corrupción de su Gobierno ni de la traición a los ceutíes. Y si le viniese mal, esa plaza la habría vaciado Marlaska en diez minutos.
Con los decretos caídos tiene la excusa perfecta para convocar elecciones a lomos de la vivienda y marcarse un last dance, y él mismo ya ha puesto el eslogan: "O con la mayoría social o con los especuladores". Siempre las falsas dicotomías.
En el PSOE ya amenazan con adelantarlas, y circula hasta una fecha, el 29 de noviembre. Junts le pidió anoche que retirara el decreto e hiciera otro, y el Gobierno ha dicho que no, o sea, que prefiere perder la votación.
Mientras tanto, lo que hay a su izquierda ha recuperado la moral. Estos días hemos visto a Sumar, Podemos y demás organizaciones extremistas haciendo suyas las exigencias del Sindicato de Inquilinas, y piden elecciones si caen los decretos.
La idiosincrasia de los votantes de este Frente Popular que apoyan lo de Sol es curiosa y merece estudio.
Los mismos que lloran a moco tendido viendo en "La bola negra" cómo amigos y hermanos, nos matamos los unos a los otros en una guerra civil, sin querer hacerlo o sin saber qué hacían allí en muchos casos, están jugando con lo que nos llevó a eso: partir el país en dos y saltarse los cauces cuando la mayoría no te da la razón.
Y, como ya hemos visto, en gran parte no son obreros y no representan a la clase obrera. Como muestra están sus líderes: los típicos pijos malasañeros jugando a la revolución.
La realidad es que sus propuestas no van a solucionar el problema de la vivienda, porque, insisto, ninguna de las medidas que pide el Sindicato de Inquilinas aumenta la oferta. Posiblemente el efecto sea el contrario. Alguien se podría preguntar si en realidad están jugando a que suba el valor de su vivienda, que es lo que pasará si cada vez hay más escasez. Luego indagas un poco y ves que muchos de ellos son multipropietarios o tienen vínculos con empresas inmobiliarias.
Por otro lado, si a pesar de todas las barbaridades que están haciendo para evitar un cambio de gobierno ese cambio llega porque los españoles así lo deciden, la calle ya estará lo bastante caliente para que no se pueda gobernar ni un solo día.
El Sindicato de Inquilinas ya ha llamado a la huelga general. Abrochaos los cinturones, porque esta será la tónica habitual.
Esto va de que no vuelva a haber alternancia en España, de que unos pocos, a base de tomar la calle, impongan su voluntad al resto, que bastante tiene con ir a trabajar y seguir con su vida.
Pero vamos paso a paso: por ahora, los decretos, que se votan hoy.
Nueve años y un día después del 1 de octubre, los que pusieron en jaque la democracia española con un golpe de Estado en Cataluña parece que van a ser los que eviten otro desde Madrid.
Ni en pleno delirio febril se me habría ocurrido.
Me vuelvo a la cama, a ver si cuando me despierte han caído felizmente los dos decretos.