Con ánimo de contribuir a la reflexión planteada por el secretario
@r_velascoa creo que puede ser útil hacer una precisión sobre el concepto de middle power. En teoría de relaciones internacionales, power no significa dominación, militarismo ni imposición. Desde Robert Dahl hasta Joseph Nye, el concepto se refiere esencialmente a la capacidad de un actor para influir en resultados y conseguir objetivos. Nye amplió además esta idea al mostrar que el poder no depende únicamente de la coerción, sino también de la capacidad de atraer, persuadir y generar legitimidad.
Eso es precisamente lo que está detrás del concepto de soft power. No se trata solamente de simpatía o imagen. Se construye a partir de recursos como la cultura, la historia, los valores, la credibilidad de las instituciones, la diplomacia, la reputación internacional, la educación, la capacidad de generar confianza y la posibilidad de convertirse en un referente para otros. México posee varios de esos activos en una escala considerable.
Desde esa perspectiva, considerar a México una middle power no exagera nuestro peso internacional ni implica una aspiración hegemónica. Reconoce capacidades reales derivadas de nuestra economía, población, posición geográfica, pertenencia al G20, red diplomática y presencia regional y global. También reconoce nuestra capacidad para proyectar una enorme riqueza cultural e histórica, construir coaliciones, participar en la formación de reglas y promover intereses y valores propios.
Quizá por eso, más que rechazar la categoría, valdría la pena apropiarnos de ella y definir qué significa ser una potencia media mexicana. No para presumir poder, sino para ejercer con mayor claridad y responsabilidad la capacidad que ya tenemos para influir, defender nuestros intereses y hacer que nuestra voz pese en el mundo, en beneficio de México y los mexicanos.