Los montaraces que guardaban el sueño del rey
En la posada del Poney Pisador, en Bree, Frodo se fija en un hombre curtido que fuma junto a la pared con la capucha calada, y el posadero le explica que es uno de esos errantes que allí llaman montaraces (así los tradujo ediciones Minotauro; en el original son 'Rangers', nombre de los guardas de los bosques reales ingleses). En Bree los miran con recelo, y Aragorn lo reconoce después en Rivendel: los viajeros les ponen mala cara y los campesinos les sacan motes, y la gente sencilla vive sin miedo porque ellos la guardan sin darse a conocer.
Pues bien, los reyes de Castilla, y después los de España, tuvieron también sus montaraces. Argote de Molina escribía en 1582 que el nombre les venía del oficio, pues al principio servían a su señor en la guarda y en la montería (la caza mayor), y del lugar de su naturaleza. Su misión era custodiar al rey mientras dormía. Al anochecer comprobaban que no quedaba en palacio nadie que no debiera, lo cerraban y se quedaban con las llaves, y velaban hasta el amanecer en la antecámara de la alcoba, repartidos en los turnos de prima, modorra (la de mitad de la noche) y alba. Si el rey caía enfermo la guardia se alargaba también al día, y cuando moría velaban el cadáver hasta su sepultura.
Ahora bien, según la reseña histórica de la Guardia Real, nunca formaron un cuerpo militar ni tuvieron estandarte, y no llevaban más arma que un cuchillo de monte o tal vez un bracamarte al cinto. La misma reseña da por bueno su origen condal, que la tradición sitúa en 1006, cuando un escudero de Espinosa avisó al conde Sancho García de que su madre le tenía preparado un vino envenenado, que él acabó obligándola a beber a ella.
Más allá de la leyenda, lo cierto es que el documento más antiguo que conocemos es un privilegio de Alfonso VIII de 1208 (conservado en traslados posteriores), por el que debían acudir a la corte siempre que el rey los llamase, a cambio de mantenimiento y vestido de un mismo color mientras le sirvieran. Del conde sí tenemos a un Pedro Rodríguez que en 1014 firma como su 'vigilicus', que se ha interpretado como guarda de la noche, sin que sepamos si era de Espinosa. La leyenda figura ya en la 'Estoria de España' de Alfonso X y sus continuadores, que hacen de aquel escudero el antepasado de los monteros, así que a finales del siglo XIII el cuerpo tenía ya su relato de origen.
Para entrar había que probar hidalguía de solar conocido por padre y abuelo, sin oficios viles ni «raza de moros, judíos ni confesos», como rezaban las cédulas. Se exigía así mismo ser natural de Espinosa o de alguna de las tres feligresías que la villa tenía en los montes de Pas y del Miera, fundadas a su costa, según Pedro de la Escalera Guevara ('Origen de los Monteros de Espinosa', 1632), por vecinos de Espinosa asentados en aquellos montes. Nos encontramos, por tanto, con los pueblos de los pasiegos, que figuran como hidalgos en los padrones de Espinosa desde 1613 y que en 1689 obtuvieron el título de villa con ayuntamiento propio.
Hacia finales del siglo XIX empezó a ponerse en duda la hidalguía de los pasiegos, a los que se atribuyó un origen judío o moro, y acabaron en los catálogos de razas malditas. María del Carmen González Echegaray salía aún en 1983 al paso de esa sospecha, que según ella llevaba un siglo circulando «sin ninguna prueba que lo apoye», y para rebatirla transcribía las condiciones exigidas a los monteros.
El paralelo con Tolkien, a mi entender, tiene sus límites, pues los montaraces del Norte daban caza a los servidores del Enemigo, mientras que los de Espinosa pasaban la noche en una antecámara con su cuchillo de montería. Donde se sostiene es en los pasiegos, gente de montaña que mudaba de cabaña en cabaña tras sus vacas y a la que los del valle miraban de reojo, como en Bree miraban a Trancos, y de cuyas villas, junto con Espinosa, elegían los reyes a sus monteros de cámara. El cuerpo se disolvió en 1931, al proclamarse la República, y hoy da nombre a una compañía de la Guardia Real.
En la imagen la Torre de los Velasco, en Espinosa de los Monteros.