Los ingenieros sociales nunca quieren acabar con el embudo, su objetivo es darle la vuelta. No ha habido ni un solo experimiento político que no haya terminado sustituyendo a una oligarquía por otra.
Queremos una sociedad sin privilegios, pero también queremos ser especiales dentro de ella. Defendemos que nadie debería mirar a nadie por encima del hombro mientras acumulamos credenciales, contactos, capital cultural, seguidores, experiencias exclusivas y toda clase de señales destinadas precisamente a establecer diferencias. No queremos abolir la jerarquía tanto como ocupar una posición elevada sin tener que admitir que existe.
Por eso las sociedades formalmente igualitarias no eliminan necesariamente la competición por el estatus. A veces solo cambian su moneda. Allí donde resulta vulgar presumir de dinero, se presume de sensibilidad, educación, cosmopolitismo, conciencia política, gusto cultural o sofisticación moral. El viejo aristócrata exhibía apellido y propiedades. El elitista igualitario puede exhibir libros leídos, barrios frecuentados, causas defendidas y opiniones suficientemente refinadas. Ambos necesitan una audiencia capaz de reconocer el código.
Por consiguiente, es una paradoja andante quien quiere ascender socialmente al tiempo que quiere conservar intacta la identidad de quien combate las jerarquías. El trepador tradicional sabía que estaba trepando. El elitista igualitario necesita además convencerse de que la escalera no existe. Y quizá por eso ciertas formas contemporáneas de estatus resultan tan difíciles de detectar. Han aprendido a presentarse con el vocabulario de la igualdad, la empatía y la sonrisa llena de dientes.
El elitismo igualitario no es simplemente una contradicción psicológica. Puede entenderse como una propiedad emergente de sociedades que condenan las jerarquías explícitas sin haber eliminado la competencia por el estatus. Seguimos comparándonos, buscando reconocimiento y tratando de ocupar posiciones escasas, pero ya no siempre podemos decir abiertamente que queremos estar por encima. La competición continúa mientras cambia su gramática. Ya no se trata tanto de proclamar «tengo más que tú» como de sugerir «comprendo mejor que tú», «soy más consciente que tú» o, todavía mejor, «estoy del lado correcto mientras tú ni siquiera entiendes por qué».
La igualdad, entonces, no destruye necesariamente las élites. Puede seleccionar élites capaces de negar que lo son. Cuando el dinero, el apellido o la autoridad pierden legitimidad como signos de superioridad, aparecen otras monedas de estatus más difíciles de contabilizar (capital cultural, credenciales, sensibilidad moral, cosmopolitismo, dominio del lenguaje adecuado, acceso a determinados círculos). El sistema no deja de producir diferencias. Simplemente desplaza la competición hacia atributos que pueden presentarse como virtudes universales. La ventaja adicional es formidable, porque uno puede disfrutar simultáneamente del estatus y de la satisfacción moral de combatir el estatus.
Ahí reside la parte más perversa del elitismo igualitario. Una jerarquía visible puede discutirse porque sabemos dónde está. Una jerarquía que se describe a sí misma como igualdad resulta mucho más resistente al escrutinio. El aristócrata necesitaba convencerte de que merecía estar arriba. El elitista igualitario puede convencerte de que arriba ya no existe, precisamente mientras aprende a vivir allí.
Todo esos esfuerzos por la igualdad, irónicamente, pueden conducir a una mayor desigualdad.