Alfredo Zitarrosa escribió en Guitarra negra uno de los párrafos más brutales que conozco sobre la responsabilidad de estar presentes:
“Hago falta… yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy… Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera… falta mi cara en la gráfica del Pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo… los ojos míos en la contemplación del mañana… mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos.”
Qué manera tan dura de entender la ciudadanía: no como el derecho a observar lo que ocurre, sino como la responsabilidad de comparecer. Hay un lugar para cada uno en la fila. Y cuando no estamos, cuando callamos ante el abuso, normalizamos la corrupción, miramos hacia otro lado frente a la injusticia o decidimos que los problemas de México corresponden siempre a alguien más, ese vacío también produce consecuencias.
Tal vez una parte del país que hoy tenemos está hecha precisamente de esos vacíos: de personas que nunca hicieron nada malo, pero que tampoco estuvieron cuando hacía falta estar. México no necesita héroes. Necesita ciudadanos capaces de preguntarse, con absoluta incomodidad: ¿dónde hago falta?, ¿quién espera que yo comparezca?, ¿qué vacío estoy dejando cuando decido no actuar?