Ya no basta con vaciar la sala de la ONU.
Wallace Shawn, actor judío, lo dice sin miramiento: al menos los nazis intentaban esconder lo que hacían; aquí se presume. Lo llama mal demoníaco. Y tiene razón: no es solo la matanza, es la impunidad exhibida.
De nada sirve que las delegaciones se levanten y dejen las sillas vacías si, mientras Netanyahu habla, siguen muriendo niños y familias enteras. El genocida se pasea tan campante. No está preso. Habla. Viaja. Amenaza. Y el pueblo palestino se extingue ante nuestros ojos.
Eso pesará en la conciencia de todos. No en la de “la historia”, no en un juicio lejano: en la de quienes hoy ven el exterminio y responden con protocolo, comunicado y bla bla bla. La silla vacía es un gesto. El cuerpo del niño bajo los escombros es un hecho. Y el hecho sigue ocurriendo.
Mientras el responsable camine libre, la sala vacía no es justicia. Es teatro. ¿Hasta cuándo?