Hay una revista que, con el paso del tiempo, he aprendido a querer mucho (o, al menos, en su justa dimensión): La Mosca en la pared. Siendo escucha asiduo de Reactor, había algo de profano en abrirla: ahí escribían quienes llamaban “rockcito” a lo que tus locutores favoritos programaban. Claro, también había algo deliberadamente antipático en sus textos, y quizá ésa era precisamente su gracia; se sentía como un resquicio de aquella contracultura surgida en los sesenta que se negaba a morir del todo. Ahí, también, encontré música maravillosa: Ricky Lee Jones, Marvin Pontiac, The Olivia Tremor Control… artistas que entonces no aparecían reseñados en la prensa mexicana prácticamente por ningún lado. Es verdad, su crítica podía ser injusta, exagerada o soberbia, y algunas de sus sentencias han envejecido francamente mal, pero con los años he terminado por agradecerles eso: que existiera un espacio que obligaba a discutir el gusto.